
NUESTRA HISTORIA
Raíces de montaña, corazón de familia.
Cervecería Cedral nació hace más de once años. Pero su historia con esta tierra empezó mucho antes.

La tierra
La cervecería llegó después.
Esta tierra lleva generaciones en la familia. Aquí vivieron los abuelos de Marilís, y aquí crecieron después Carlos, Marilís y sus hijos: una casa, un establo, la escuela montaña abajo. Con el tiempo la familia se mudó a San José y la finca se quedó esperando.
El árbol de la etiqueta no salió de un dibujo. En la finca hay tres cedros dulces. El mayor ronda los cien años y es el que está en la etiqueta. Estaba aquí mucho antes de la primera cerveza.
Donde estaba aquel establo, hoy está Cervecería Cedral.

El comienzo
Antes de ser una cervecería, fue una forma de estar juntos.
Empezó en la cocina de la casa, en San José. No había un plan de negocio: había curiosidad y una buena razón para pasar tiempo juntos. Las primeras tandas eran casi pura espuma y no se podían ni probar. Volvían a cocinar, volvían a esperar y volvían a intentarlo.
Después la familia abrió Impar, un restaurante que quería ser justamente eso: distinto, sin igual. Su nombre se armó con los cinco números impares —1, 3, 5, 7 y 9— acomodados hasta formar la palabra. Servía cervezas de otras casas, hasta que apareció la pregunta: ¿por qué no hacer la nuestra?
El restaurante cerró. La cerveza no. Cuando Carlos y Marilís volvieron a la finca, Impar volvió con ellos.
No hubo un día en que decidieran convertirse en cervecería. Fueron convirtiéndose en una, tanda por tanda.

Los nombres
Los nombres de la casa terminaron en las botellas.
Aquí los nombres no salieron de un ejercicio de marca. Salieron de personas, lugares e historias que ya significaban algo para nosotros.
Calín es Carlos, el fundador: el apodo que le puso su mamá cuando era niño. Ita es Marilís, como la llaman sus nietos. Una cerveza roja con algo de su carácter: cálida y de carácter fuerte.
Impar ya la conoce: primero fue un restaurante, después su cerveza, y cuando el restaurante cerró, la receta se quedó.

La huella
Una parte del fundador quedó en cada etiqueta.
Las primeras botellas llevaban la huella dactilar real de Carlos. Con los años el diseño se estilizó, pero la huella que aparece hoy sigue saliendo de aquella original.
Los nombres cambiaron de una botella a otra. La historia detrás de ellos, no.
El legado
Empezó por estar juntos. Y eso no ha cambiado.
Las primeras cervezas nacieron de la curiosidad y de una familia que quería hacer algo junta. Once años después, Cedral ha crecido. La razón para seguir es la misma.
El río, la naciente y el bosque forman parte de Cedral tanto como la cervecería: veinticinco hectáreas de bosque bajo protección, los paneles del techo que cubren la electricidad de la cervecería y el agua residual que se trata antes de volver al río. No porque eso haga mejor una historia. Porque queremos que Cedral pueda seguir teniendo una.
Todo esto cabe en una botella.
La tierra. La familia. Los intentos. El oficio. Los años.
Eso es Cervecería Cedral. Y apenas vamos empezando.

